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La ciencia no puede explicar la conciencia
| ESCRIBE: Jorge Guldenzoph |
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Bajo el título “Correcciones en las matemáticas”, el teólogo, psicólogo y filósofo suizo Walter Odermatt se refiere a un tema siempre vigente y más en estos tiempos, donde hay confusión acerca del significado de la existencia y de los valores centrales de la existencia. Ese tema es la insuficiencia de la ciencia para llegar a una cosmovisión completa de la vida humana, su origen y su propósito, pero lo hace reflexionando desde un punto de partida diferente: la geometría.
Odermatt señala que “existe una contradicción entre la geometría euclidiana y la no euclidiana. El principio básico de la geometría euclidiana consiste en que dos líneas rectas que discurren paralelas nunca se llegan a cortar en el infinito. El principio básico de la geometría no euclidiana nos lo han explicado diciendo que dos líneas rectas que transcurren paralelas se cortan en el infinito. La geometría euclidiana y la no euclidiana se contradicen entre sí y no pueden ser verdad al mismo tiempo, según la imagen del mundo que existe en las ciencias actuales”
Para él, “la geometría euclidiana tiene validez en el mundo exterior. Para el mundo de la conciencia, solo tiene validez la geometría no euclidiana”. Más adelante, agrega una reflexión basada en lo anterior sobre el contenido de la educación moderna. Odermatt afirma: “Hoy día, las universidades monopolizan la docencia infalible desde los tronos de sus sedes de enseñanza. Pero la imagen científica del mundo es materialista y le faltan dimensiones esenciales de la realidad. Los científicos con su imagen materialista del mundo solo conocen el mundo exterior, pero desconocen la conciencia”.
Esto, a la vez, me conduce a dos asuntos, uno solo de los cuales trataré hoy. La persona, como la ciencia, está “atada de manos” al tratar de entender la conciencia y el amor, donde se originan en última instancia las fuerzas que mueven los procesos en nuestro cerebro físico, detectables por sentidos también físicos. Pero al igual que con el origen de la vida y el Universo, los científicos “atados” a una visión materialista no pueden entender la relación entre lo espiritual y lo material. El segundo aspecto sobre el que quiero profundizar es cómo afecta esta visión parcial e incompleta del cosmos la visión que enseñamos en los centros educativos.
Años atrás, un grupo de académicos de las universidades de Harvard y Chicago llevaron a cabo una investigación acerca de la forma en que los niños aprenden sobre ciencia y religión. Una de las conclusiones es que los niños confían más en la información científica acerca de objetos invisibles que en las ideas de origen espiritual o religioso. La adquisición de los conocimientos sobre lo invisible o imperceptible a los sentidos físicos indica que los niños aprenden cosas que no experimentan, a través de lo que les cuentan, especialmente sus padres.
De acuerdo con los profesores Paul Harris y Melissa Koenig, artífices de la investigación, una de las posibles razones de este comportamiento infantil tiene que ver con la actitud de los padres ante la ciencia y las creencias religiosas.
Dicen que cuando padres o profesores hablan a los niños de los virus o el hígado, lo hacen totalmente convencidos de su existencia y funcionamiento, aunque resulten tan invisibles como cualquier deidad. Sin embargo, cuando hablan de Dios a los niños, los adultos tienden a ser demasiado efusivos, lo que tal vez provoque dudas en las mentes infantiles. O sea que las dudas de los mayores se transfieren a los niños. En esto hay que decir que las religiones han demostrado una seria falencia a la hora de lograr que la gente experimente la realidad invisible, allí donde debe ser experimentada en algún momento para que se encarne, que es en su corazón y su conciencia.
Todo lo comentado no es sino una muestra de que la cultura actual ha dejado relegado lo espiritual enfatizando la realidad material a la cual “pretenden gobernar” mediante la política y economía y “entenderla” mediante la ciencia. En este sentido, la educación ha dejado postergado el aspecto espiritual y el legado religioso como asuntos fundamentales para entender y encarar la vida. Por ello, también el mundo se ha hecho más ingobernable.
Además, el fracaso de la educación moderna, basada en teorías pedagógicas que se han sustentado en un racionalismo extremo, cuando no en un materialismo filosófico, ponen sobre el tapete la importancia de puntos de vista comunes de la religión, acerca de la naturaleza humana, que deberían ser tomados en cuenta a la hora de replantearnos las metas, objetivos y metodología de la educación en el siglo XXI.
Existen dos creencias religiosas esenciales que todas las religiones del mundo tienen en común y que impactan fuertemente al comportamiento moral: a) existe un Dios, un Creador que nos ha creado con un propósito moral y b) existe una vida después de la muerte física.
Al respecto, Arnold Toynbee en “El significado de la historia para el alma” señala que frente a la perspectiva de la vida y la muerte y sus implicancias en el comportamiento humano y social había tres alternativas: a) creer que solo existe este mundo; b) creer que solo existe o tiene valor el próximo mundo y c) una visión global del universo, donde el Reino de Dios incluye ambos mundos.
Esta última alternativa está claramente expresada en los Evangelios cuando se dice que todo lo que aquí (Tierra o Mundo Físico) sea atado, será atado allá (Cielo o Mundo Espiritual). Y que todo lo que aquí sea desatado, lo será también allá.
Roger Pitman, psiquiatra de la Escuela de Medicina de Harvard, ha dicho que el cerebro almacena los recuerdos de los eventos traumáticos o cargados de emociones de manera diferente a los recuerdos neutrales. Son guardados en forma más profunda en el cerebro y recordados por más tiempo. Y afirmó que “esto representa uno de los descubrimientos más excitantes de la historia de la psicología”. Él y otros científicos no solo especulan, sino que trabajan para encontrar drogas que borren en la mente esos recuerdos dolorosos.
Eric Kandel, premio Nobel por sus investigaciones en torno a la memoria, dijo al respecto que ese deseo de la ciencia de borrar los “recuerdos dolorosos”, que muchas veces son la “voz de nuestra conciencia” ante lo que hemos hecho mal no están destinadas a mejorar a las personas y al mundo. “Creo que esas drogas nos harán peores personas”, dijo él. Los dolores del alma y del corazón se curan espiritualmente, con métodos espirituales, que son por esencia morales. |
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