Servicio público

ESCRIBE: Jorge Guldenzoph

 

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Las palabras Servicio Público tienen al unirse -generalmente- una connotación referida al servicio en la política, el gobierno o el Estado. Es sin embargo ésta, una perspectiva que reduce su verdadero sentido y alcance. Se refiere más a un escenario o forma de “servicio público”, que a su esencia y contenido trascendente.

En una mentalidad socialista o estatista el servicio público sólo puede realizarse mediante el partido o los partidos, el Estado y el gobierno y todo lo que cae en la esfera privada tiene un sentido de beneficio individual o egoísta. Por el contrario en el otro extremo, una cultura individualista egocéntrica y hedonista nos dice o sugiere, que el “servicio público” es algo sin valor. El altruismo es una causa perimida y perdida. Ambas perspectivas son absolutamente erradas. Lo que define si un servicio es público no es el escenario desde donde se hace sino el propósito de las acciones y el beneficio para los demás que estas ocasionan.

Dicho de otra manera, uno puede actuar en el Estado y el gobierno y no servir al público, y sí hacerlo desde la esfera de la sociedad civil y el ámbito privado, y viceversa. Si se hace con un propósito egoísta será un servicio a sí mismo o su entorno inmediato (llámese familia, partido o sector); si se hace con un propósito altruista, buscando el bien de los demás, será un servicio público. Los que actúan así serán “servidores públicos” si no serán “servidores de sí mismo”.

El tema del servicio público nos lleva a examinar un punto de reflexión fundamental: la individualidad. Cada ser humano es una individualidad. Según el diccionario “individualidad” significa: “Calidad particular de una persona o cosa por la cual se da a conocer o se señala singularmente”. Cuando se cree que los seres humanos hemos sido creados como parte de un plan cósmico, y no somos el simple fruto de la casualidad, se acepta que cada ser humano es único tanto en lo físico como en lo espiritual. Aunque haya un valor y características comunes que nos identifican, como parte de la familia humana, cada uno luce ciertas singularidades, que cuando maduran y se orientan correctamente traen como resultado una mejor sociedad.

La tragedia es que aunque hemos sido creados por Dios para un propósito moral superior, el que implica necesariamente poner los talentos y potencialidades de nuestra individualidad para el beneficio de ese propósito, en los seres humanos ha “entrado” una “naturaleza no original”, una “naturaleza egoísta”. Tal situación hace vivir a los seres humanos en un estado de conflicto interno permanente, conflicto que se extiende luego a la familia, la sociedad, la nación y el mundo.

El historiador británico Paul Johnson señalaba al respecto: “De una forma u otra, todos los pensadores han reconocido que la naturaleza humana tiene fallos. Los cristianos lo llaman pecado original, se le puede llamar como se quiera, pero hay algo malo en la naturaleza humana”. Estas palabras de un contemporáneo no hacen más que reiterar en otros términos lo que en los comienzos de la era cristiana el Apóstol Pablo decía: “Según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios: mas veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi espíritu, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros”.

Esta naturaleza egoísta que no es original de la condición humana (la conciencia la rechaza mediante el remordimiento, la vergüenza y el arrepentimiento) nos lleva a una forma de vivir centrada en uno mismo. De que forma se aprecia esta “naturaleza”. Primero, cuando apreciamos la vida y todo lo que en ella hay desde el punto de vista del deseo e interés personal o sectorial no teniendo en cuenta los valores espirituales y morales. Segundo, al exigir derechos sin estar dispuesto a cumplir nuestros deberes. Al ver en uno más valor del que hay y ver en el otro menos valor del que tiene. Ello lleva a la envidia y al crimen, al buscar tomar lo que el otro tiene y yo creo que me pertenece. Tercero, al invertir del orden natural de las cosas abandonando nuestra responsabilidad y posición. Cuarto, multiplicar el error y el pecado en los otros, especialmente en los más jóvenes a través de malas formas de pensar y actuar, y con malos hábitos y tradiciones.

Esta forma de pensar y vivir la vida -viviéndola para el beneficio exclusivo de uno mismo- es origen de la arrogancia, la lujuria, la explotación, la venganza, la codicia, el prejuicio. Se encubre a veces como una supuesta forma de amor. Un amor que da en forma condicionada, calculando las recompensas, las ventajas; manteniendo siempre en el fondo del corazón, el rencor, el ardor por la venganza. Es un amor cambiable. Dura poco. Es un amor sin principios y valores elevados. Es el resultado de un carácter débil, un corazón mal formado y una conciencia no activada. Es el origen de los conflictos que hay en la sociedad, desde el ámbito familiar al internacional.

Debemos reconsiderar este camino sabiendo que a los seres humanos nos ha sido dada por Dios una naturaleza, en la que conviven dos propósitos que deben armonizarse, el propósito público (beneficiar a otros) y el propósito individual que busca atender el desarrollo y sostén de mi individualidad. Ambos propósitos no son excluyentes. El propósito público necesita para su logro el desarrollo de las individualidades y estas no pueden cumplir con su verdadero destino y alcanzar su madurez sin ponerse al servicio de los demás.

A diferencia de aquella “naturaleza egoísta” en la naturaleza original la individualidad vive centrada en el propósito por el cuál fue creada por Dios. En primer lugar, aprecia la vida y todo lo que en ella hay desde un punto de vista más alto. Con un corazón agradecido, humilde, apreciando el valor que hay en los demás y amándolos como Dios mismo. Segundo, cumpliendo con sus deberes antes de exigir más derechos. Sabe que la felicidad no viene de la posición y que la felicidad no es una meta sino una recompensa por cumplir con las metas originales de la vida. Tercero, toma responsabilidad más allá del límite de la individualidad sin utilizar el poder que de ello emane para su beneficio personal. Cuarto, multiplica el bien, se arrepiente de sus errores, los repara y nos los multiplica en los demás. Enseña que el dar precede al recibir.

Podemos definir a esta naturaleza original como naturaleza altruista basada en el amor verdadero. El altruismo es la base de la bondad y de una vida bondadosa.