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Una guerra impulsada por las ansias de un dictador

Nuestra opinión

 

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El 2 de abril de 1982 las fuerzas militares argentinas, enviadas por la dictadura que encabezaba Leopoldo Fortunato Galtieri, desembarcaron en las Islas Malvinas, un territorio que se encuentra ocupado por el Reino Unido desde 1833 y sobre el que Argentina reclama su soberanía.

Los actos de conmemoración del episodio bélico se replicaron ayer en todas las provincias del territorio argentino, en un día en el que principalmente se recuerda a los 641 soldados caídos y a los entre 400 y 500 que se suicidaron desde que volvieron de la guerra, ganada por Londres.

La presidenta Cristina Fernández encabezó el acto en Ushuaia, que se desarrolló en la Plaza Islas Malvinas, donde se efectuó también una vigilia de ex combatientes para recordar a los caídos.

En esta ocasión, la conmemoración del inicio de la confrontación bélica se concreta en un momento de singular tensión entre Argentina y el Reino Unido por la soberanía de las islas, la que ha ido creciendo a medida que se acercaba la fecha y debido a que en el último año se consolidó una posición unificada de América Latina, que respalda a Argentina en su demanda de soberanía.

Esto implicó en concreto que los barcos con bandera de las islas no pueden atracar en los puertos de Sudamérica y que la flota militar británica que realiza tareas en el Atlántico Sur tampoco puede abastecerse en la región. Las medidas implican una dificultad en la logística para el Reino Unido, que ahora también se verá afectado por medidas administrativas y judiciales adoptadas por Buenos Aires en marzo que buscan sancionar a las empresas que participen del negocio petrolero de las islas, al que consideran ilegítimo.

Argentina reclama que el Reino Unido cumpla con la resolución 2065 de Naciones Unidas, que desde 1965 solicita a los dos países que se sienten a dialogar, una instancia que es rechazada por Londres y afirma que los isleños tienen derechos a la autodeterminación.

La fecha que se conmemoró ayer implica recordar una acción que, escudada en un legítimo reclamo de soberanía, escondió el deseo de los militares argentinos por lograr una excusa que les permitiera consolidarse en el poder en momentos en que su imagen internacional se encontraba fuertemente desgastada ya que en el mundo se sabía que la violación de los derechos humanos era moneda corriente en Argentina.

Pero como la suerte les fue totalmente esquiva, Argentina perdió la guerra y los militares tuvieron que irse por la puerta trasera; eso sí, como trágico saldo quedaron apagadas más de medio millar de jóvenes vidas y otros centenares deshechas por el sueño de los tiranos.

No es intención de estas columnas juzgar a quién le asiste la razón en este diferendo, pero es poco comprensible que en los comienzos del siglo XXI haya dos naciones que permanecen enfrentadas por una cuestión de corte colonial. Sus gobernantes deberían apelar al diálogo franco y sincero para de una vez por todas dar vuelta la página de este conflicto.