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No es la primera vez
| OPINIÓN | Jaime Trobo - Diputado del Partido Nacional |
No es la primera vez ni será la última. Fernández Huidobro se desmandó, como acostumbra y como también lo hace cada tanto el propio José Mujica. Alejados del respeto a normas usuales de higiene social, expresándose en términos vulgares y en ocasiones hirientes, han practicado esa técnica por años y como les ha rendido electoral y políticamente no vacilan en usarla. Estas figuras relevantes de la vida política ejercen un magisterio perverso, el del desprecio por una cultura de la que los uruguayos nos sentimos orgullosos en otras épocas. Y hoy nos falta.
Insultos, reacciones destempladas, vulgaridades para justificar actitudes o decisiones, han tomado forma de práctica política de la mano de los liderazgos de las mayorías de la izquierda y ese comportamiento, ejecutado desde los más altos cargos de gobierno, es para muchos compatriotas, sobre todo niños y jóvenes, un "ejemplo" que justificará su imitación. Si lo hace el presidente, si lo hacen los ministros, debe estar muy bien.
Los escenarios en los que se han practicado estos desplantes han sido variados. Frente a las cámaras de la televisión, en discursos callejeros, en acontecimientos oficiales, en conferencias públicas, o bien eligiendo el lugar para seguir horadando las formas de convivencia tradicional, o perdiendo la línea rápidamente frente a una situación que deberían dominar con prudencia, seguridad, comprensión y sobre todo espíritu abierto.
Pero esto ocurre, no solo porque sus autores se han propuesto actuar de ese modo, sino porque lamentablemente hay un público que desde hace tiempo lo admite, algunos como una cosa normal y socialmente aceptable, otros porque les cae en gracia el estilo "popular", algunos porque les parece que esta cultura que se pretende imponer es normal, y también porque hay quienes creen que este "divertimento" merece ser celebrado con aplausos o jaranas, aun cuando no lo compartan.
En el Uruguay de hoy hay señales muy negativas. Se nos ha fracturado la sociedad, la educación pública padece una gran crisis, que no es solo edilicia -si solo fuera así, se arreglaría con plata-, sino en sus propósitos más trascendentes, como la formación de ciudadanos cabales. Las familias, lamentablemente, no cumplen el rol de introducir al niño valores principales para su desarrollo. Si a estas carencias le agregamos el ejemplo de los más encumbrados, que con procacidad y vulgares comportamientos se desenvuelven sin sanos prejuicios, el resultado no será el mejor para nuestro país. No es la primera vez ni será la última que ocurran episodios como este, lamentablemente.
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