| |
José Mujica: el presidente que puede
consolidar la reconciliación nacional
Cambiar
tamaño |
|
Nada mejor que el discurso de José Mujica ante la Asamblea General para señalar que el viejo guerrillero es hoy el primer gran adalid del diálogo. Porque no es posible ser más enfático en la defensa de la convivencia política y de la edificación de las políticas de Estado en los temas que más comprometen el futuro y el presente del país. Ante la reunión de las dos cámaras del Parlamento, el presidente recién investido proclamó su propósito de crear las condiciones necesarias para inaugurar 30 años de políticas de Estado en los temas más sensibles para el país. Mujica también proclamó su disposición a aplicar la más rotunda y severa conducta macroeconómica, reservando la creatividad y la heterodoxia para generar cambios en otros aspectos de la acción del Estado. Uno de sus mayores énfasis residió en la necesidad de mejorar la educación, multiplicar las escuelas de tiempo completo y fortalecer la educación técnica. Un discurso que promete cambios muy favorables para la hasta ahora encrespada realidad política del país. Estas columnas quieren ir más allá de esas promesas, con la convicción de que Mujica puede entrar definitivamente en la historia como el presidente que consiguió terminar el incompleto proceso de reconciliación de los uruguayos, cerrando las distancias nacidas en el siglo anterior y evitando que sigan consumiendo las energías que el país requiere para fundar un futuro de prosperidad.
José Mujica asumió ayer la Presidencia de la República. Su ascenso a la primera magistratura del país, resuelta con una amplia ventaja por voto soberano, señala un hito en la historia Uruguay contemporáneo. El nuevo mandatario es uno de los fundadores del movimiento guerrillero que, a principios de la década de 1960, dejó de creer en los procedimientos y las garantías de la democracia para alzarse en armas contra gobiernos respaldados por el voto popular. Y que corona 25 años de batallar, ahora con las armas de la democracia, con la entronización de uno de sus primeros combatientes en la cúspide del gobierno nacional.
No solamente eso: el sector que responde directamente a Mujica conforma la más numerosa bancada parlamentaria de la coalición triunfadora en las elecciones, que a su vez cuenta con mayoría en ambas cámaras para llevar adelante un programa de acción. Es algo así como un tardío triunfo de aquel viejo movimiento, ahora distinto al de los años en que se soñaba con la toma del poder por las armas, y -al menos en la versión que postula el discurso del nuevo mandatario- con una plataforma de entonación socialista pero muy alejada de lo que eran los reclamos y las ideas originales: nacionalización de la banca, expropiación de los latifundios, la tierra para quien la trabaja y la certeza de que la inversión extranjera no tenía otro objeto que esquilmar las riquezas del país.
En contraste con tales antecedentes, Mujica tuvo el raro privilegio de que la titular del Departamento de Estado estadounidense, Hillary Rodham Clinton, viniera a Montevideo a presenciar su investidura como primer mandatario. En la cúspide de la diplomacia norteamericana las cosas no suceden por casualidad o capricho. Y ni Madelaine Albright, Colin Powell o Condoleezza Rice visitaron Montevideo en una transmisión de mando anterior. George W. Bush, en oportunidad de la investidura presidencial de Tabaré Vázquez, se hizo representar por una desconocida en estas latitudes, la secretaria de Trabajo, Elaine Chao. Las cosas han cambiado y también ese hecho lo demuestra.
Desde el punto de vista de la peripecia personal, el tránsito de Mujica desde las primeras acciones de los tupamaros hasta la Presidencia de la República se parece al épico desquite de un personaje de Alejandro Dumas, con el castillo de If convertido en el aljibe de un cuartel. Él mismo señala que recibió seis balazos, que participó en algunas las más sonadas acciones de la guerrilla y que si tuvo la suerte de no matar a nadie fue por mala puntería.
Esa trayectoria no es un dato menor a la hora de iniciar su administración. Nadie en el país ni fuera de él puede dudar del compromiso genérico de Mujica con el conjunto de ideas que han animado a la izquierda uruguaya por tantos años. En esa materia tiene una autoridad inconmovible. Resulta bien difícil imaginar que alguien le pueda dar lecciones desde la izquierda. Y si decide recorrer caminos pragmáticos que lo alejen de alguno de los postulados tradicionales de los sectores que lo apoyaron, su decisión podrá ser cuestionada pero jamás descalificada entre sus correligionarios, ya cercanos o más distantes.
Esa fortaleza ya le sirvió para capear las muchísimas oposiciones que su candidatura tuvo dentro de Frente Amplio. Y esa fortaleza tiene también una importancia decisiva a la hora de imaginar lo que para muchos uruguayos serían los más esperanzadores resultados para su gestión: el restablecimiento pleno de las relaciones entre el gobierno y la oposición y el definitivo cierre de las heridas causadas en las décadas de 1960 y 1970.
Alguien con antecedentes en posiciones radicales siempre tendrá más posibilidades de abrir caminos de pacificación sin oposiciones internas insuperables. En especial si se trata de un formidable comunicador, virtud que ya nadie le niega al presidente entrante.
Mujica tendrá en sus manos la posibilidad de derribar viejos eslóganes cristalizados en el imaginario de la izquierda tradicional. Ya lo hizo hace pocas semanas en su recordado discurso en el Hotel Conrad de Punta del Este, ofreciendo garantías a los empresarios extranjeros que quieren radicarse en tierras uruguayas. Y lo ha hecho con un discurso conciliador que abre puertas de diálogo tanto con la oposición como con las gremiales empresarias u otros sectores apartados de las bendiciones tradicionales de la izquierda.
Para Mujica será viable restablecer el diálogo multipartidario y la participación de opositores en decisiones de gobierno. Ya lo está haciendo a través de las cuatro comisiones en que técnicos de todas las posiciones buscan acuerdos sobre otros tantos temas de prioritaria importancia para el futuro: educación, seguridad pública, innovación y energía. Y también ya lo está haciendo, al habilitar e ingreso de figuras de los partidos de la oposición a la administración descentralizada, un hecho que no ocurrió durante el primer gobierno de la coalición de izquierda.
Pero lo sustantivo es una esperanza. La esperanza de que Mujica logre la definitiva reconciliación de los uruguayos, cerrando un proceso de reencuentro que ya tiene 25 años pero que no se ha completado, porque aún persisten algunas de las viejas distancias -es un eufemismo- que se sembraron entre 1960 y 1980. Esas distancias siguen siendo un mal trago para el país y un obstáculo para su futuro. Aún se derraman muchas energías en revivir los pleitos del pasado y remover las heridas abiertas, restándole músculo a las verdaderas prioridades uruguayas. Y José Mujica tiene una oportunidad única, porque nadie tiene más autoridad para dar ante todo el país el gesto de reencuentro que señale la definitiva reconciliación. |
|