Banco Mundial apoyará ambiciosas
metas de inversión en infraestructura

Nuestra opinión

 

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En los últimos días autoridades del gobierno electo mantuvieron encuentros personales con una delegación del Banco Mundial encabezada por su director regional, Pedro Alba. Junto a alguno de sus colaboradores, el jerarca se entrevistó con José Mujica para luego mantener dos largas reuniones de trabajo con autoridades del equipo económico entrante. Así se sabe que la meta establecida por la administración que asume supone una inversión de 1.800 millones de dólares en infraestructura. Y de paso, se advierte también que cunde en la administración una actitud amistosa ante uno de los viejos enemigos en el discurso de la izquierda. Es bueno para el país y hay que saludarlo.

Uruguay debe encarar en los próximos años un importante esfuerzo para actualizar su infraestructura a las necesidades de hoy y a las metas de nuevos tiempos, esos en que debieran consolidarse mejores oportunidades económicas para su gente. A la vez, a nadie se le oculta que la propuesta de renovar infraestructura comienza en la obtención de los recursos o las herramientas que harán posible solventar obras de aliento, que no pueden encararse con los ingresos corrientes del Estado sin que terminen generándose situaciones de dificultad en el plano fiscal. O peor, la frustración de contemplar el aplazamiento o abandono de obras necesarias, que se convierten en suerte de desnudos monumentos a las limitaciones de la acción estatal.

De allí que convenga saludar, y por muchos motivos, el auspicioso establecimiento de una corriente de diálogo y colaboración entre las autoridades que asumirán sus funciones el próximo 1º de marzo y una importante delegación de funcionarios del Banco Mundial. Una entidad financiera multilateral que puede apoyar decisivamente los proyectos de infraestructura. Según lo trascendido en la prensa, las nuevas autoridades establecieron como meta una inversión en obras de infraestructura equivalente a 1.800 millones de dólares en el quinquenio. Obviamente no se trata de una cifra que pueda enfrentarse apelando a rentas generales, hecho que impone concertar esfuerzos con organismos de crédito o, según ha ocurrido ya con varias obras de importancia, buscar la colaboración de la actividad privada.

En cuanto a infraestructura, Uruguay tiene por delante varios temas acuciantes. Uno de ellos es el de la energía, que va a seguir requiriendo soluciones siquiera parciales hasta tanto se adopte la decisión final -que hoy se estudia en una comisión multipartidaria- sobre la instalación de una planta nuclear. Este último es un proyecto con horizonte de concreción de entre 15 y 20 años, que en su momento requerirá a su vez de ingentes recursos financieros. Entretanto, la creciente demanda impone pensar en usinas de regasificación, una más amplia interconexión para intercambio con los vecinos, especialmente Brasil, y quizá también obras de conducción de gas -gasoductos- con tendido a partir de regasificadoras. A la vez, será necesario incorporar otros tipos de generación, que puedan colaborar para que la red nacional enfrente los tradicionales picos invernales o atienda la demanda agregada por una mayor actividad económica.

En la lista de sectores a dinamizar también aparece en un lugar preponderante el ferrocarril, que ya está siendo objeto de mejoras pero que también requiere un fuerte impulso y grandes inversiones a fin de generalizar el esfuerzo y contar con una herramienta apropiada para canalizar -por ejemplo- la producción forestal sin que los actuales medios sigan siendo una amenaza de pronto desgaste para las carreteras.

El país está asimismo asumiendo un perfil de eje de comunicaciones marítimas, algo bien encaminado gracias a las inversiones portuarias ya realizadas -en buena medida por operadores privados- y que deberán continuar en el futuro. La puesta al día de Montevideo debe ser acompañada por la de los puertos fluviales del litoral, e idealmente por el establecimiento de un puerto de aguas profundas en las costas de Rocha.

Todos estos temas, y otros cuantos algo menos acuciantes, serán entonces metas en la gestión gubernamental de los próximos años. Y a la vez demandantes inversiones de un valor muy importante del punto de vista de la creación de fuentes de trabajo. Y del sustento de un período de crecimiento con que el país pudo capear la crisis internacional sin grandes afectaciones del producto.

No cabe más, entonces, que saludar un ambicioso plan de inversiones y congratularse por el establecimiento de relaciones de tersa colaboración entre las autoridades electas y las del Banco Mundial que en el futuro decidirán el respaldo de la institución a iniciativas concretas. La participación uruguaya en el diálogo fue presidida por el futuro ministro de Economía, Fernando Lorenzo, mientras que la del Banco Mundial actuó bajo la conducción de Pedro Alba, el director regional, quien también mantuvo una entrevista con el presidente electo.

Por último, no puede dejar de advertirse que el nuevo gobierno, con pasos como los que se han dado en este caso, adopta un perfil de pragmatismo y eso no cabe ninguna duda que es bueno para el país.