Con prevención y severidad debe
combatirse la violencia deportiva

Nuestra opinión

 

 Reducir Ampliar Cambiar tamaņo

La reiteración de incidentes violentos protagonizados por su hinchada dio lugar a una sanción ejemplar contra una casi centenaria institución deportiva, también cuna de manifestaciones culturales como la Troupe Ateniense. La dura sanción, que acongoja a todo el barrio Palermo, tiene sin embargo el sentido de combatir las manifestaciones de violencia en el deporte, una verdadera prioridad para todos los ciudadanos. El hecho merece una reflexión más allá de la polémica coyuntural, advirtiendo que sólo con prevención y severidad ante las violaciones será posible erradicar la violencia en el deporte, también manifestación de la que vive toda la sociedad.

El club Atenas fue desafiliado por un año por decisión de la Federación Uruguaya de Basquetbol. La severa condena se dictó a causa de la reiteración de incidentes protagonizados por la hinchada del club sancionado, que estaba disputando instancias finales del torneo de la liga uruguaya. El tema va más allá de lo deportivo, porque no es posible separarlo de otras múltiples manifestaciones de violencia que asedian a la sociedad y que deben ser severamente combatidas.

Una sanción de esta importancia siempre promueve polémicas, en especial si su aplicación tiene importantes reflejos en el desenlace de un torneo, relegando a un equipo que había alcanzado buenos resultados deportivos. Las páginas especializadas seguramente se nutrirán en los próximos días de alegatos a favor y en contra, en especial porque la gota que desbordó el vaso fue un episodio, a la salida del cilindro, en que testigos señalan que la víctima -luego salvajemente golpeada por parciales de Atenas- había a su vez insultado y agredido a quienes a la postre lo abandonaron exánime en el estacionamiento del estadio.

No pasa por esta polémica la atención que estas columnas le deben prestar al caso. Lo que interesa es combatir todas las manifestaciones violentas para que la sociedad uruguaya vuelva a disfrutar de las perdidas seguridades que en otros tiempos ofrecían los espacios públicos y los escenarios deportivos. Bajo tal punto de vista no puede menos que acompañarse la aplicación de sanciones muy severas con el propósito de combatir toda manifestación violenta en los espectáculos deportivos. Pero sin dejar de advertir que ese rigor debe ser acompañado por una muy mesurada apreciación de hechos por parte de los encargados de impartir esta clase de justicia en los ámbitos deportivos. En principio, quien debe pronunciarse sobre el delito de lesiones es la Justicia penal, con todas las garantías legales. Lamentablemente, pocas veces la actuación de los magistrados logra aclarar algo, en tanto no siempre se obtienen testimonios fiables sobre lo ocurrido. Se explica entonces que, al menos con la expectativa de que la sanción al equipo sirva para disuadir a los revoltosos y para estimular la diligencia de los directivos de los clubes para contener a los hinchas proclives a actuar con violencia, las federaciones decidan sanciones que recaen directamente contra los clubes.

Pero no es ésta la mejor solución imaginable. Siempre se trata de episodios oscuros, que confunden a los testigos, en los que sería incluso concebible que, con la intención de provocar condenas contra un equipo, gente ajena agreda a la hinchada adversaria, intentando pescar por esa vía puntos que no se ganaron en la cancha.

De allí el particular cuidado con que deben actuar las federaciones a la hora de administrar estas sanciones.

El celo de los dirigentes deportivos debe ser acompañado por un fuerte respaldo policial y por algunas medidas prácticas inteligentes, dirigidas a evitar choques entre las hinchadas luego del final de un encuentro. Es claro que en los partidos en los que hay mucho en juego, o en los que pervive una vieja historia de rivalidad entre equipos, es necesario multiplicar el número de policías a cargo de la seguridad, dentro y fuera de los estadios.

Se pueden imponer momentos distintos para la salida de las hinchadas. Y se debe imponer un control estricto sobre el consumo de drogas o de alcohol entre los hinchas. Además, cualquier espectador de un partido de basquetbol es capaz de identificar, a pocos minutos del partido, dónde están y quiénes son los fanáticos agresivos. También lo puede hacer la Policía, brindándoles una especial atención e incluso demorar su salida del estadio. O atendiendo a la posibilidad de que estén portando armas.

El gran tema es que también en los escenarios deportivos es necesario preservar la tranquilidad de los ciudadanos. La violencia debe combatirse en todos los frentes. En el basquetbol siempre hubo hinchadas bravas, partidos que amenazaban convertirse en torneos de pugilato, rivalidades de larga data. Pero se trataba casi de lances caballerescos, en los que nunca se vieron casos como el que el año pasado costó dos vidas en la misma noche, o el que ahora señala a un hincha molido a palos por una patota sangrienta.

La prevención y la aplicación de sanciones severas aparecen como las herramientas para combatir este flagelo. No cabe entonces más que acompañar las medidas aleccionantes como parte del esfuerzo por devolverle al basquetbol su vieja condición de espectáculo que se disfrutaba en familia, acompañando en el estadio al cuadro del barrio, o en fervorosas excursiones a la cancha del adversario. La violencia deportiva es un capítulo de la que se vive hoy en la sociedad, y no es posible resignarse a entregar a los violentos todo el ámbito de un deporte que debe fortalecer el ánimo, promover la salud y brindar a los jóvenes un espacio de sana competencia.