Recomienda prudencia una nueva luz
roja en tablero de la economía global

Nuestra opinión

 

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Las bolsas del mundo vuelven a precipitarse estos días a la baja, expresando la preocupación de los inversores ante las desastrosas noticias sobre las economías de España, Portugal y Grecia. Y también ante las no muy buenas -aumentaron los pedidos de subsidio por desempleo- que llegan desde Estados Unidos. Se trata de un fenómeno generalizado e importante, que recomienda poner las barbas en remojo para capear lo mejor posible los efectos de otra crisis potencial, en que los recortes “dolorosos” -según el FMI- pueden llegar a nuestras costas de la mano de emprendimientos europeos radicados aquí.

La grave situación económica que enfrentan España, Portugal y Grecia dio lugar ayer a una severa reacción de los inversores bursátiles, precipitando sensibles bajas en los principales mercados de Europa y América. Con retrocesos del 3 al 6% de los índices que usualmente se manejan como referencia, la situación afecta severamente a los inversionistas, pero por sobre todo levantan nuevamente el fantasma de un tropiezo económico de escala global. Que asomaría justo cuando se empezaban a despejar con mayor fluidez los escombros que provocó la crisis de las hipotecas “subprime”, y sus nefastos reflejos sobre la economía mundial.

La depresión de los mercados tuvo además el agregado de la divulgación de datos negativos sobre la marcha de la economía estadounidense, donde aumentó el número de solicitantes del seguro de desempleo, subrayando con elocuencia que todavía falta para echar al vuelo las campanas que podrían celebrar una completa recuperación de la primera economía mundial.

Cierto es que las bolsas no son la economía real. Ni se manejan con el original propósito de que todo un pueblo participe en la propiedad de las principales empresas productivas, que se hacen públicas por vía de emisiones accionarias en las que se divide su capital. O de emisiones accionarias que sustituyen al crédito bancario a la hora de obtener fuentes financieras que facilitarán la creación de empresas o el encaminamiento de un proyecto.

Por distintos medios las bolsas apuestan hoy sobre cualquier cosa -como las hipotecas contratadas por malos pagadores- mientras parece cundir una ceguera de los inversores, que ya no buscan participar del capital de una empresa sólida a través de sus acciones sino que se afanan por encontrar en cualquier parte rentabilidades irreales, frecuentemente basadas -como la convicción de que el aumento de los bienes raíces sería constante- por lo que debiera resultar indiferente la capacidad de pago de un deudor hipotecario, en tanto el sostenido aumento de valor del bien inmobiliario hipotecado pondría siempre a cubierto de una pérdida. Error penoso o intencionada avidez de dinero, esa convicción le salió bien cara a la economía y al comercio mundial.

En esta situación el juego del inversor no es ya encontrar un gran empresario con un proyecto productivo brillante. Hay un divorcio de la economía real y lo que pesa sobre los valores bursátiles es la convicción y la confianza de quiénes juegan o invierten en la bolsa. Lo malo es que las consecuencias de un desbarajuste bursátil sí se viven en el mundo de la economía real, dando razón a las severas demandas de contralor de las operaciones financieras que hoy se hacen escuchar en muchos ámbitos.

Sea como fuere, la lección de las hipotecas “subprime” indica muy claramente que una baja importante de las cotizaciones bursátiles debe ser interpretada como un alerta. Y que el alerta que se encendió en estos días en las principales bolsas merece un análisis cuidadoso y la puesta en práctica de medidas que pongan a salvo a la actividad económica de nuevas y desagradables sorpresas.

Lo que el momento señala, entonces, es la necesidad de manejar con especial prudencia la gestión económica, evitando que cualquier remezón económica originada en el exterior pueda encontrar en el país una economía vulnerable y capaz de verse afectada severamente por un golpe de esta naturaleza. Ya la crisis que está en vías de superarse encontró en Uruguay un país capaz de no dejarse doblegar fácilmente ante los embates de este vendaval.

En esta ocasión corresponde un análisis atento y la prudencia de mantener la mayor fortaleza fiscal, en especial en vísperas de una transición de gobierno. Los malos vientos que soplan en la comunidad europea son capaces de cruzar el Atlántico de la mano de las grandes empresas de ese origen que también están aquí y tienen un peso sensible en la actividad económica.

De allí que hoy convenga mantenerse en guardia y vigilar ese blindaje fiscal que aparece como el más sólido cimiento contra vendavales previstos o imprevistos. Dominique Strauss Khan, el director gerente del Fondo Monetario Internacional, ya advirtió que no será posible salir de la difícil situación que enfrentan España; Portugal o Grecia sin “medidas dolorosas” de contención fiscal. El país debe estar entonces vigilante sobre el reflejo de esas restricciones en los emprendimientos europeos que puedan materializarse aquí o en los países vecinos.

Es una hora de atención y prudencia en la que el país tiene mucho para ganar si sostiene el crecimiento económico de estos años y abre caminos de prosperidad para las nuevas generaciones.