En hora de represalias comerciales,
un homenaje al Barón de Río Branco

Nuestra opinión

 

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Nuevamente trabas comerciales de Brasil a los productos uruguayos. Otra prueba de las falencias del Mercosur. Pero también prueba de que Brasil, pese a su ambición de liderazgo regional, es capaz de maltratar a Uruguay para ganarles a sus pollos faenados un mercado que debe ser más chico que Curitiba, destrozando de paso una industria que no puede competir. Buen momento para recordar a un gran brasileño: el Barón de Río Branco, generoso amigo de Uruguay que desde las cumbres de la misma Itamaratí apoyó al país cuando los vecinos de enfrente nos pateaban en el suelo con la doctrina Zeballos y la afirmación de que no teníamos derecho a un solo milímetro de las aguas del Río de la Plata.

Nuevamente los productos uruguayos -ahora pescado, ganado en pie y lácteos- encuentran trabas para ingresar a Brasil. Algo dañino, especialmente habida cuenta que los negocios de exportación de pescado se encuentran en el momento estacional de mayor ímpetu y las demoras impuestas a la tramitación por las autoridades brasileñas -unos 15 días- resultan frecuentemente en la cancelación de pedidos.

Según observadores informados, la medida brasileña, más allá del puro y simple proteccionismo, vendría a oficiar como una suerte de represalia comercial ante las trabas uruguayas al ingreso de pollos brasileños faenados, que se extiende desde hace varios años.

Visto a una distancia irreflexiva, esta suerte de talión comercial de pescado por pollo y pollo por ganado en pie, puede ser aceptado como razonable. Pero un análisis profundo del tema debiera incluir otras realidades. Uruguay ha trabado el ingreso de pollos faenados brasileños por motivos más que sustantivos: un ingreso ilimitado no podría tener otro resultado que la desaparición de la industria avícola nacional, lo que representaría un nuevo sacrificio en el altar de un Mercosur cuyas bendiciones se siguen esperando en esta orilla del Río de la Plata.

Brasil es de los principales productores mundiales y por motivos de escala y de mejor gestión de engorde logra exportar a precios que están muy por debajo de los que son usuales en el mercado nacional. Y con un porcentaje ínfimo de su producción puede liquidar sin levante la producción nacional de pollos faenados, sin que haya mucho -no hay modo de superar las razones de escala ni las ventajas en cuanto a la provisión de las materias primas para la ración- que los productores nacionales puedan hacer.

Lo único posible en esta materia sería intentar una racionalización de las políticas de engorde, algo que también supone un cambio en las actitudes del consumidor. Brasil produce un pollo chico, faenado exactamente cuando termina el período de mayor ganancia de peso por la combinación más eficaz de crecimiento y alimentación. En Uruguay se produce un pollo grande, de mayor edad, que se engorda a fuerza de alimentación y que en términos de inversión en kilos de ración es absolutamente antieconómico. Tarde o temprano la realidad va a imponer al pollo chico -según viene ocurriendo en todo el mundo- y bueno sería empezar a reflejar internamente en el precio la diferencia de costos de producción de uno y otros, claramente favorable al pollo chico.

La misma Organización Mundial de Comercio arbitra soluciones para casos como el de los pollos faenados, aceptando limitantes y aranceles especiales. Que probablemente serían violatorios de los tratados del Mercosur, mancha que no sería casi visible en la selva de violaciones que han caracterizado a la unión aduanera imperfecta en los últimos años.

A nuestro juicio, y según se ha señalado ya en alguna ocasión en estas columnas, hay también una palabra muy manida en la retórica mercosuriana que habría que poner sobre el tapete en casos como este: asimetría. En el discurso, la idea pareciera ser que Uruguay y Paraguay, en razón del tamaño relativamente menor de sus economías, deberían supuestamente merecer una consideración especial que mitigue las desventajas que resultan de esa asimetría. La realidad indica que, por el contrario, nada menos que Itamaratí, la Cancillería que quiere convertir a Brasil en el líder indiscutido del sur de América, pelea con saña y represalias -y hasta expresiones inaceptables de algún embajador- la colocación en el exterior de una cantidad de pollos que debe de ser menor que el consumo de Curitiba, o de un barrio popular de San Pablo. Y causa de este lado daños que pueden llegar a la mitad de las exportaciones uruguayas de un rubro determinado.

¿Para comprar aviones de combate y submarinos en cifras siderales, creyendo que eso sí afianza un liderazgo regional? En la perspectiva de estas columnas, tal cosa parece penosa. Qué diferencia con la Unión Europea, donde las asimetrías fueron atendidas con inversiones de un porte fantástico en España, Portugal o el sur de Italia. Aquí el presunto líder maltrata a un país asimétrico por mendrugos comerciales. Y repetimos: piensa que afianzar el liderazgo es gastar fortunas en armamento.

Vaya un recuerdo emocionado a José María da Silva Paranhos, Barón de Río Branco y conductor de la diplomacia brasileña durante cuatro períodos presidenciales. Un estadista que hizo honor a su patria con generosidad sin retaceos hacia Uruguay y forjó entre Uruguay y Brasil sólidos lazos de amistad. Que hoy vemos arrojados al perverso juego de las represalias comerciales. Brasil es otro. No ya un hermano mayor. Y la única esperanza es que el presidente electo, José Mujica, logre despertar en Luiz Inácio Lula da Silva algún chispazo de un verdadero espíritu de colaboración y liderazgo fraterno.