La crisis se circunscribe a Europa
pero reclama atención permanente

Nuestra opinión

 

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El temor de la última semana, cuando a partir de la crisis de países europeos algunos observadores quisieron ver una amenaza de carácter global, deja paso a una preocupada vigilia ante las dificultades que viven y vivirán países como España, Portugal y Grecia. Sumidos los tres en una situación fiscal grave, sus respectivas economías proyectan sobre toda la Unión Europea un panorama sombrío, del que no se podrá salir sin sacrificios mayores. Según el FMI, hasta será necesaria una generalizada rebaja de los salarios. Desde Uruguay todo se observa sin sobresaltos -las empresas españolas radicadas aquí gozan de muy buena salud- y debiera aprovecharse como un libro abierto, cuya enseñanza es: cuidado con el equilibrio fiscal.

Luego de algunas jornadas de inquietud que empujaron a la baja a bolsas de todo el mundo, la nueva crisis económica europea sigue generando preocupaciones, pero ya no los temores de una nueva remezón de alcances globales. El tema tiende a circunscribirse a la Unión Europea y a los tres países miembros más directamente afectados: España, Portugal y Grecia. Allí, en cambio, las nubes de tormenta aparecen como cada vez más pesadas y más capaces de persistir en una larga tormenta.

Aún sin el tinte de un cataclismo económico global, el nuevo episodio debe seguir siendo objeto de una atención preferente. Y debe servir, también, para extraer lecciones útiles sobre la prudencia en el manejo de los fondos públicos, aún cuando una crisis generalizada como la que golpeó a partir de las hipotecas subprime pudiera haber recomendado opciones contracíclicas en los peores momentos del vendaval. Del lado de los países ajenos al nuevo descalabro, la crisis financiera europea debiera también ser una invitación a moverse con particular prudencia en materia de gastos, en un escenario internacional en que aún no sobran las oportunidades de superar un tropiezo y mucho menos de liquidar grandes deudas acumuladas livianamente.

Mientras las artillerías de los observadores económicos siguen derramando fuego sobre los Estados que hoy aparecen en el epicentro, el comisario financiero de la Unión, el francés Michel Barnier, salió en su defensa sosteniendo que la deuda contraída era “dinámica”, en medida de que surgía de esfuerzos por sostener el empleo en las épocas más amenazantes. Barnier, eso sí, proclamó finalmente que la única solución posible llegará por el lado del sacrificio: “Ahora la cuestión es -dijo- tener valor para controlar el gasto público”.

Este tema que seguramente dominará la agenda de la Cumbre informal extraordinaria de los 27 países de la Unión, que se reunirán mañana en Bruselas a fin de coordinar posiciones. La convocatoria fue realizada por Herman Van Rompuy, presidente de la Unión Europea, que a la vez advirtió “que el crecimiento actual de la economía europea no es suficiente para crear los empleos necesarios y en consecuencia sostener el modelo social europeo”. El sombrío augurio señala la importancia del desafío: una Europa en la que ya han surgido brotes de xenofobia ante trabajadores extranjeros, enfrentará restricciones en el campo del empleo con probable reflejo en tensiones sociales que ya están presentes y vigentes.

A la vez, la valoración del Fondo Monetario Internacional es particularmente severa y señala que para los países más directamente afectados el único camino de salida es una generalizada rebaja de salarios, algo que será muy difícil de metabolizar por pueblos y gobiernos. Especialmente si, como en España, el gobierno está sometido a un bombardeo como el que ahora recibe Rodríguez Zapatero desde las filas de un creciente PP.

La perspectiva con la que se ven estos acontecimientos desde Montevideo no ofrece aristas ni sobresaltos. Los fuertes lazos económicos uruguayos con España podrían haber levantado alguna zozobra por contagio, especialmente habida cuenta de la importante presencia de la banca española en el país. La realidad es que, manejados con prudencia en un mundo que vio caer a tanto gigante, los bancos españoles con mayor presencia aquí han conseguido capear la crisis internacional con fuertes ganancias. Es el caso de Bbva y Santander, que no han tenido problema ni en sus casas centrales ni en sus agencias en el Nuevo Mundo. Ni han siquiera retraído perceptiblemente su operativa nacional.

Esta serenidad, no obstante, no debe dejar de lado la permanente atención que requerirá el seguimiento de estos sucesos en la economía mundial. Porque la recomendación de la hora es la de contener gastos ante un panorama con alguna arista de difícil pronóstico.

Es alentador que el presidente electo, José Mujica, haya realizado en la antevíspera algunos señalamientos que conviene tener en cuenta, nada menos que en la primera reunión con su gabinete completo. En esa ocasión el futuro mandatario hizo hincapié en la necesidad de una conducta austera desde todas las reparticiones estatales, mientras que el futuro vicepresidente aseguraba que el nuevo gobierno sería particularmente estricto en el manejo del gasto. La prudencia fiscal, según lo recoge la documentada crónica que publicó Ultimas Noticias, fue una de las apelaciones centrales de la reunión.

Plena coincidencia, entonces, sobre la necesidad de prevenir males mayores. Algo que debe ser saludado, porque diluye pesados fantasmas que podrían obstaculizar un firme crecimiento de la actividad económica.