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Nuevo embajador de EE.UU. augura
progresos en la relación con Uruguay
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tamaņo |
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Muchas cosas han cambiado en la primera economía mundial desde los tiempos en que el anterior mandatario, George W. Bush, sorprendía a los uruguayos con un tratamiento deferente para los últimos presidentes y algunos favores inusuales, como el otorgamiento de un préstamo de salvación de 1.500 millones de dólares en 2002 o el ofrecimiento de lo que pudo ser el último TLC aprobado vía fast trak, esta vez a la administración Vázquez. También han cambiado en Uruguay, por lo que parece oportuno reflexionar sobre el futuro de la relación diplomática con EE.UU., ahora que es un veterano guerrillero el que asume la conducción del Ejecutivo uruguayo.
En vísperas del comienzo de la administración de José Mujica conviene preguntarse sobre las relaciones futuras de Uruguay con Estados Unidos, esa primera economía mundial que ahora vuelve a crecer tras una prolongada crisis originada en los malos negocios de sus propias entidades financieras. No se oculta que Uruguay logró mantener en los últimos dos períodos de gobierno una relación privilegiada con Washington, en gran parte tributaria de los lazos de aprecio que se forjaron entre George W. Bush y sucesivamente Jorge Batlle y Tabaré Vázquez.
Durante la administración del primero, Bush dio luz verde a un préstamo puente de 1.500 millones de dólares que salvó al país, durante la crisis de 2002, de un default en sus compromisos internacionales de pago. Hoy se comprende en todas las tribunas que este hecho hubiera afectado severamente la larga trayectoria de seriedad y cumplimiento de compromisos que hoy sigue caracterizando al país. En la administración Vázquez, Bush visitó Uruguay, recibió al mandatario uruguayo en el Salón Oval y puso a su disposición la firma de un Tratado de Libre Comercio, el último que hubiera podido lograr las ventajas del “fast track” en el Congreso norteamericano. La reticencia uruguaya de entonces terminó en la suscripción de otra modalidad de acuerdo -el Tifa- que en este caso ha superado por lejos el carácter de mero “marco” que en principio se le había atribuido. Logrando amparar progresos tangibles y provechosos en el relacionamiento bilateral.
En EE.UU. la administración Obama sustituyó a la de George W. Bush, universalmente cuestionada pero probadamente proclive a ayudar a Uruguay. Y por estas tierras el presidente entrante es un ex guerrillero que supo estar enfrentado a Estados Unidos, pero hoy no lo está. El tercer ingrediente es que también ha cambiado el titular de la casona de Ponsonby y Ricaldoni, que alberga al embajador norteamericano en nuestro país. Y no es un cambio menor, porque en lugar de una designación política -en EE.UU se suele “premiar” con embajadas a los grandes recolectores de fondos de campaña- se trata de un funcionario de carrera del Departamento de Estado, David Nelson, que en los albores de su trayectoria ya había sido asignado a trabajar en un Uruguay distinto, el de la dictadura. Los dos anteriores embajadores pertenecían a la grey política, menos habituada a las engorrosas tramitaciones que siempre supone la edificación diplomática de acuerdos bilaterales en cualquier materia.
Es precisamente el nuevo embajador quien le atribuye una vigencia inmediata al tema de las futuras relaciones de Uruguay y Estados Unidos. Porque en la antevíspera, mientras en Washington las oficinas del Departamento de Estado eran asediadas por una de las peores nevadas de los últimos años, Nelson realizó en los cálidos jardines de la residencia del embajador una descontraída conferencia de prensa. De la que todos los periodistas salieron con la convicción de que las puertas de la administración Obama también estarán abiertas para un tratamiento deferente a las inquietudes de Uruguay y para la concreción de nuevos acuerdos que pueden resultar muy valiosos para la economía nacional. Y para la apertura de nuevas fuentes de empleo a través de la radicación de inversiones norteamericanas.
En la ocasión señalada Nelson destacó los fuertes lazos que vincularon a EE.UU. con el gobierno saliente y reafirmó su convicción de que “vamos a trabajar muy bien” con la del presidente electo José Mujica. Afirmo asimismo que “con el gobierno actual hemos tenido una relación muy productiva y positiva y tenemos toda la esperanza de seguir adelante de la misma forma con el próximo gobierno”.
El diplomático también subrayó que Uruguay se ha convertido en “modelo en la región y el mundo como país que busca un crecimiento económico compartido, que brinde oportunidades para toda la sociedad”. También aseguró que al presidente Obama le encantaría conocer a Mujica, abriendo también las puertas para que en el futuro se propicie algún encuentro.
Al combinar la buena disposición expuesta por el embajador Nelson con la actitud pragmática que en tantos otros terrenos ha demostrado tener Mujica, es probable que el quinquenio que comienza abra nuevas perspectivas de intercambio comercial con EE.UU. y de radicación aquí de inversiones de ese origen. No es chica cosa, porque la gran nación norteamericana ya ha sabido ser en otros momentos el primer socio comercial de Uruguay. Y en un momento de segura expansión, tras las retrancas impuestas por la crisis, puede significar un dinámico trampolín para el bienestar del país. Cosa que desde el lado uruguayo sabe un presidente electo en apariencia dispuesto a recorrer los caminos más convenientes para los intereses nacionales, más allá de dogmatismos o eslóganes cristalizados hace muchas décadas. |
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