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Debe darse amparo a denunciantes
de “bocas” de tráfico de pasta base
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tamaņo |
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Ultimas Noticias registró ayer una información policial relativa a las graves resultancias de la denuncia de una boca de venta de pasta base, que terminó con un hermano del traficante herido de bala y con un denunciante que ahora marcha
a la cárcel con el sambenito de colaborador con la Policía, algo más bien riesgoso en ese ambiente. Más allá del caso concreto, en que lo único claro es que la información divulgada reconoce la condición de denunciante del ahora procesado,
la ocasión es buena para insistir que la información que brinda la gente es una preciosa herramienta para el combate a este terrible flagelo. Y que quienes denuncian deben contar con la más absoluta seguridad de que su anonimato será respetado. Por las dudas: el 0800 2121 es el teléfono de la Brigada de Narcóticos. Y las denuncias allí son seguras.
Una breve noticia policial publicada ayer por Ultimas Noticias, a la que no parece oportuno desbrozar en todos sus aspectos, invita a algunas reflexiones sobre el combate a la pasta base, un esfuerzo que debe ser nacional y en el que mucho importa la activa colaboración de todos los uruguayos. La mejor manera de terminar con el comercio de pasta base es contar con una Policía preparada y con una población dispuesta a cumplir un rol más que necesario, denunciando todas las bocas de venta de la adictiva droga que puedan existir en el vecindario.
Es claro que, por la amenaza que la pasta base significa para la seguridad de todos, muchos uruguayos se sentirían inclinados a proceder según corresponde y denunciar el caso a la Policía si advierte los claros indicios de una operación delictiva de esta naturaleza. Pero el vecino que colabora necesita algo más: la convicción de que su denuncia no habrá de desencadenar actos de violencia mafiosa contra su persona o su familia.
De allí que sea por completo necesario el mantener el anonimato de los denunciantes. La Policía debe saber quién formula la imputación -lo contrario sería una invitación a la pequeña revancha contra un vecino que cae mal- pero bajo ningún concepto el dato puede ser luego de conocimiento de los delincuentes denunciados o sus allegados. Esto sería un desastre y bastaría un solo caso para que el miedo provocado por una venganza comprometa la posibilidad de que los vecinos se envuelvan con una lucha que es de todos.
El miedo es el mecanismo por el cual los delincuentes consiguen sustraer barrios enteros -como las favelas de Río- al imperio de la ley y generar espacios en los que cualquier atrocidad es posible, porque nadie se anima a denunciar o a asumir el rol de testigo. Esto pasa, por ejemplo, cuando los delincuentes consiguen que un policía corrupto les advierta sobre un próximo procedimiento y sobre la identidad de quién formuló la denuncia que lo motiva. Está lejos de nuestro ánimo siquiera insinuar que esto pueda haber ocurrido en Uruguay. Pero es claro que las cantidades de dinero que mueve el narcotráfico son muy capaces de sembrar corrupción a todos los niveles por lo que es necesario que las autoridades y la opinión pública permanezcan atentas y prevenidas.
La decidida colaboración de la gente es la más eficaz de las herramientas con las que puede contar la sociedad uruguaya para combatir a la pasta base. Esta droga se distribuye a través de “bocas” frecuentemente mimetizadas en casas de familia. Lo que es muy difícil de detectar para la Policía resulta evidente para cualquier vecino que vea que la puerta está abierta, que entra y sale gente a toda hora, que en el entorno se forman ruedas de jóvenes. Y que aumentan los delitos en los alrededores, porque siempre hay algún adicto desesperado por conseguir dinero para la próxima dosis.
La información en poder de la gente es la mejor “inteligencia” policial. Y no es posible perder esa herramienta en una lucha con el delito que es desigual, por la gran difusión que está teniendo el comercio de esta droga como por circunstancias que también afectan los procedimientos: el empleo de menores por los traficantes, la facilidad de destruir la droga en caso de allanamiento, la prohibición constitucional de allanamientos nocturnos, el hecho de que la legislación penal no prevé penas más pesadas para quienes trafican pasta base -una droga que engendra muerte y violencia- de las que se aplican a quienes comercian sustancias que se consumen con afán recreativo y que no engendran las mismas consecuencias.
En cuanto al allanamiento nocturno, estas columnas han sostenido que la previsión constitucional sobre el carácter de “sagrado inviolable” del hogar, proclamado por la constitución, no puede abarcar a lugares en los que se trafica la muerte, a los que sólo por error se les puede adjudicar la condición de hogar como lugar de residencia de una familia.
En cuanto al caso informado ayer por Ultimas Noticias, parece claro que de algún modo un familiar de un traficante denunciado pudo individualizar a quien realizó la denuncia. Todo terminó con un intercambio de insultos y de balazos, un herido y un procesado por lesiones graves. No es sin dudas un resultado alentador. Puede ser, incluso, que el denunciante sea quien hizo pública su condición de tal, quizá por haberse jactado delante de terceros.
Pero, especialmente luego de ver la información que suministraron fuentes de la Policía a los medios, también queda claro que la condición de denunciante de un caso de narcotráfico fue claramente atribuida a quien hirió al hermano de un traficante. Su estadía en la cárcel muy probablemente no va a ser cómoda. Ni tampoco va a ser tranquila la situación de su familia en la barriada en la que se desarrollaron los sucesos. Y, aún en el caso de que también se trate de un delincuente, correspondería que la sociedad lo amparara. Porque, al menos una vez, hizo lo que se debía hacer: denunciar una boca de pasta base. |
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