La nueva institucionalidad regional
debe construirse sin más burocracia

Nuestra opinión

 

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En un aplaudido discurso que cerró su actuación en foros internacionales, el presidente Tabaré Vázquez se manifestó partidario de una nueva institucionalidad que dinamice los esfuerzos de integración entre los pueblos de América Latina. Abundan razones para participar de la inquietud del presidente. Y también para criticar la inoperancia de muchos foros que persisten en la región sin producir demasiados resultados concretos. No obstante, se entiende que en esta materia hay que moverse con pies de plomo, evitando sumar burocracia internacional -siempre muy cara- a un empeño cuyo primer propósito no puede ser otro que defender a las poblaciones más humildes del continente.

La reunión del Grupo de Río en Cancún, un paradisíaco balneario mexicano de la costa del golfo, fue la ocasión para que las 25 delegaciones presidenciales presentes dieran una cálida despedida a Tabaré Vázquez. Para el mandatario uruguayo esta fue su última actividad internacional antes de traspasar el mando a José Mujica y le dio un especial relieve al pronunciar un aplaudido discurso en que manifestó su inclinación favorable a la idea de crear de una nueva entidad multilateral latinoamericana sin Estados Unidos ni Canadá.

En realidad el Grupo de Río -del que no participan ni EE.UU. ni Canadá- funciona desde hace años como ámbito para la concertación política de las naciones latinoamericanas. Con la nueva idea se esboza en nacimiento de una entidad multilateral más institucionalizada, especie de OEA sin los angloparlantes del norte.

Si el tema se analiza a partir del punto de vista de las necesidades regionales de colaboración e intercambio, que van desde el plano económico al educativo y abarcan muchos otros temas en los que sería sinérgico que los países latinoamericanos se apoyaran mutuamente, no caben dudas sobre la pertinencia de crear una entidad de ese tipo.

También es así si se advierte que en la región se ha desatado una suerte de carrera armamentista, que está sangrando tesorerías aún incapaces de atender déficits educativos, necesidades de vivienda y hasta de alimentación. Por lo demás, persisten circunstancias que han bloqueado un diálogo abierto entre algunos países, lo que también recomendaría una actitud más dinámica de los vecinos. En la misma reunión de Cancún fue notoria la hostilidad entre Hugo Chávez y Álvaro Uribe, que intercambiaron dicterios en plena cumbre y luego depusieron su actitud tras una mediación de colegas.

Pero en el caso también es necesario tener en cuenta otros factores. Y estos más bien que postularían un esfuerzo concertado para hacer funcionar con dinamismo las entidades multilaterales que ya existen. En la agenda de un presidente latinoamericano figuran hoy como citas casi ineludibles las reuniones del Grupo de Río (una por año más otra de cancilleres), la Cumbre Iberoamericana convocada por la Secretaría que hoy conduce Enrique Iglesias, las cumbres de la recién creada Unasur y la reunión, con cadencia bianual de los países miembros de la OEA. Esto sin contar las cumbres extraordinarias que se programan a partir de acontecimientos o las que convocan a reuniones internacionales sin directa referencia a la región.

Pensando en términos de burocracia, viáticos y gastos esto resulta demasiado oneroso para los países del área, especialmente si los resultados de las cumbres terminan siendo nada más que retóricos enunciados de buenas intenciones. Algo que hiere la opinión latinoamericana sobre este tipo de esfuerzos, que debieran estar orientados a la búsqueda de ventajas notorias y tangibles para los pueblos de la región.

La integración latinoamericana y el establecimiento de mecanismos de mutua colaboración en materia de infraestructura, comercio o educación son objetivos largamente postergados por los países de la región, y su concreción siempre merecerá un esfuerzo más. Pero consciente de que los mejores logros no siempre se alcanzarán multiplicando el boato diplomático de las cumbres.

Atosigar de reuniones internacionales la agenda de los presidentes de la región no resulta en sí mismo en progresos en materia de integración, que es el fruto -como se vio en la edificación de la Unión Europea- más del comercio, del ánimo de la gente, del liderazgo y de la administración política inteligente que de la multiplicación de cumbres de jefes de Estado.

Vale entonces saludar las apelaciones del mandatario saliente como expresión de una voluntad integradora, del deseo de animar la mutua colaboración entre los pueblos de Latinoamérica con una “nueva institucionalidad” para la que, según expresión textual del presidente, “lo importante serán los resultados”.

La pregunta es si esa nueva institucionalidad no puede forjarse a partir de instituciones y de recursos burocráticos existentes, evitando los males a los que el propio Vázquez se anticipó a señalar en su discurso ante los mandatarios de toda América Latina: “La integración no es una tertulia entre buenos vecinos, pero tampoco puede ser un archipiélago de siglas o una sucesión de cumbres a modo de torneo de alpinismo diplomático”.

No cabe más que coincidir, subrayando entonces la necesidad de que la necesaria nueva institucionalidad progrese sin multiplicar gastos ni discursos, sino con medidas concretas, quizá impulsadas a partir de las instituciones que ya existen y sin sumar burocracia, saliva ni boato a un empeño orientado al bienestar de los pueblos.