Triunfo de este Mundial: Uruguay
superó el “síndrome de Maracaná”

Nuestra opinión

 

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Hasta este Campeonato del Mundo de Fútbol, la camiseta celeste cargaba con una pesada mochila de hazañas. La sentían los jugadores y la lastraba una hinchada que no aceptaba otro resultado que la victoria. Un sentimiento de la afición que se hacía sentir en la tribuna y también en el mensaje cotidiano de los comunicadores. Hoy por hoy, la victoria -cualquier victoria- se ha convertido en un motivo de alegría, y no en una obligación apenas cumplida, como un bueno regular en el escrito de idioma español. Con lo que ya hizo la selección uruguaya va a ser recibida con el aplauso de todo el país. El “síndrome de Maracaná” parece haberse esfumado. Los jugadores celestes han conseguido entreverarse con los mejores del mundo. Eso ya es mucho para los tres millones y medio de habitantes que ellos representan. Y la gente -al fin- lo ha entendido así.

El inevitable tema de conversación uruguayo de estos días es el Campeonato Mundial de Fútbol y el buen desempeño de la selección celeste. Algo que también se advierte -aún más allá de lo que podía esperarse- en los medios de comunicación y también en mensajes publicitarios en que hasta las garrafas de supergás se visten de celeste y con eso ganan aplausos y simpatía. No obstante, desde estas columnas se considera que aún hay lugar para alguna reflexión fresca y de interés sobre actitudes que se vinculan con el fútbol y que afloran o resurgen en una sociedad uruguaya que en 2010 ya no es la misma de 1930 o 1950.

Algo ya viejo y trillado es que el fútbol sigue siendo un formidable factor de cohesión social. Una victoria celeste se celebra con tanto entusiasmo entre chetos o planchas, aficionados a la cumbia villera o a la música electrónica, hinchas de Peñarol o de Nacional, internados en el Piñeiro del Campo o inquilinos en la cárcel de Libertad. El grito de un gol de la selección conmueve con la misma intensidad en todos los estratos sociales, en todas las edades, a cualquier nivel de la carencia o de la acumulación de cultura. Quedan pocas cosas en las que todos los uruguayos compartan de un modo tan completo y decidido. Y hay que cuidarlas, tema que volverá a desarrollarse más abajo.

Algo nuevo es que los uruguayos parecen haber superado el “síndrome de Maracaná”, que nacido del orgullo terminó convirtiéndose en una perniciosa mochila. La camiseta celeste fue por mucho tiempo una carga pesada, casi insoportable. Que muchas veces anuló a los muchos y muy buenos jugadores que llegaron a vestirla desde 1950 a nuestros días. Con la celeste a cuestas, era hazaña o era nada. No era solamente un sentimiento de los jugadores. La tribuna lo hacía saber. La gente lo gritaba y esperaba una victoria tras otra, fuera cual fuera el poderío del equipo contrario.

La crítica deportiva estaba en lo mismo, nostálgica de los viejos tiempos en que los partidos se ganaban con la raviolada en la panza y geniales proezas de virtuosismo con la pelota.

Ese fenómeno hasta se vivió en las etapas de clasificación -no sólo de este Mundial- en que fue más fácil ganar de visitante que hacerlo en casa, frente a la inagotable exigencia de una hinchada que siempre esperaba más. El tema es que los años parecen haberle dado a la afición uruguaya el baño de modestia que hacía falta. Y que los jugadores saben que ahora las victorias se reciben y celebran como tales y no como una obligación impuesta por una prosapia de hazañas. Finalmente parece haberse advertido que Uruguay, con tres millones y medio de habitantes, en un mundial se mide con países con una población que es siempre un múltiplo de la propia (Francia, 65 millones; Sudáfrica, 50 millones; México, 108 millones; Corea del Sur, 46 millones y medio). Esto es, países que por su misma población tienen muchas posibilidades más de encontrar en su seno a futbolistas relevantes.

El hecho de que Uruguay juegue y gane, y coloque en el exterior a decenas de futbolistas, señala una gran paradoja demográfica. Por alguna razón, quizás no tan misteriosa, en este rincón entre el Atlántico y el Río de la Plata han surgido más talentos del fútbol que los que era dable pensar vista la escasa población. Y este es un muy buen motivo de orgullo nacional. Y de cohesión, en un país en que fuera de la celeste y el asado con amigos y familiares, no solemos compartir muchas cosas que resulten gratas en todos los ámbitos de la sociedad.

Más arriba se sostenía que el del fútbol era para los uruguayos un factor de cohesión social y que como tal merecía un esfuerzo para sostenerlo como deporte nacional y como factor de encuentro de los uruguayos. Tal cosa pasa, por ejemplo, por erradicar la violencia de las canchas, algo en lo que el país está empeñado. Pero también pasa por dar a los niños más oportunidades de jugar con una pelota, de contar con campitos capaces de albergar un picado, por favorecer la práctica del fútbol en escuelas y liceos.

No sólo importa por mantener encendida la llama del deporte sino porque aleja del sedentarismo de la televisión o la computadora, o aún de la tentación de la droga. En el equipo que ganó en Maracaná eran todos de Montevideo. Al faltar canchas y baldíos en la capital, mientras el tránsito hacía imposible el viejo picado callejero, los valores empezaron a surgir del interior, donde todavía había espacio para jugar. En la selección que ahora juega el Mundial Arévalo Ríos y Gargano son de Paysandú, Lugano de Canelones, Cavani y Suárez de Salto, Godín de Rosario. Las horas de campito hacen al crack del futuro. Y esta es casi la prueba del nueve.

Sea como sea, este Mundial entierra el síndrome de Maracaná. Ahora volvemos a la sensatez y comprendemos que estar entre los ocho mejores es ya un gran motivo de orgullo nacional. Y que ganar no es una obligación, es un logro que se debe recibir con alegría y orgullo.