Mercosur: avances en reunión
tucumana serán solo modestos

Nuestra opinión

 

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El sueño era ganar para Uruguay un mercado amplio, que justificara el establecimiento en el país de emprendimientos productivos a la escala de un continente. En los primeros diez años, el sueño pudo seguirse alentando. Pero tras la devaluación brasileña de 1999 y la regional de 2001, llegó la hora en que las grandes economías pasaron a defender solamente sus intereses. Así, la nueva reunión cumbre del Mercosur solamente permite esperar resultados modestos.

Puntualmente, cada seis meses, la cumbre presidencial del Mercosur vuelve a convocar la atención de la prensa en torno a las perspectivas de la asociación regional. La reunión fue esta vez en San Miguel de Tucumán, ocasión para que Cristina Fernández transmitiera la presidencia pro témpore a su colega brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva. Ya lejos del feliz primer decenio, en que el Mercosur convocaba esperanzadas perspectivas para los uruguayos, las expectativas fueron esta vez muy menores y escasamente significativas.

El Mercosur ya no es la gran esperanza de establecer un bloque económico que potencie la presencia de los países de la región en el escenario internacional. Sus noticias hablan hoy nada más que de pequeños avances, mientras grandes temas -por ejemplo, la agresión a Uruguay por el corte de los puentes binacionales con Argentina- quedan cuidadosamente puertas afuera de los ámbitos formales de discusión, simplemente porque el entendimiento entre los dos grandes países descarta la atención de los problemas, incluso graves, que amenazan a las economías menores.

En esta oportunidad, la primera frustración tiene que ver con la demorada aprobación del código aduanero regional, que tampoco recibió la aprobación final de los presidentes. No se duda que se trata de un tema arduo, que supone la armonización de las distintas legislaciones en la inevitable selva casuística que rodea a las normas aduaneras. Sin embargo, el tema, que es crucial para una asociación que se presenta internacionalmente como una unión aduanera, viene sufriendo sucesivas postergaciones. Con estilo diplomático, la interpretación del canciller brasileño Celso Amorim es que "se han registrado progresos" y que se ha resuelto el 90% de las diferencias. Pero en el 10% restante figuran algunos temas que, como las detracciones argentinas -ya cuestionadas por Uruguay-, no resultarán sin duda fáciles de resolver en un plazo siquiera razonable.

En el terreno de los acuerdos unánimes, solamente cabe señalar la posición de las distintas delegaciones en torno a las nuevas normas de la Unión Europea en materia de combate a la inmigración. Es claro el unánime repudio de la comunidad regional a esas disposiciones, que en varios aspectos resplandecen como violatorias de los derechos humanos.

Hasta un año y medio de prisión a los indocumentados y la posibilidad de deportar menores sin compañía a países distintos de los de origen son solamente dos de los aspectos de una "Directiva Retorno" que es claramente inaceptable y seguramente merecerá una declaración unánime de repudio. Cuyos efectos prácticos parecen dudosos, en un tema en el que sería mejor apostar a las negociaciones bilaterales y a la negociación, fundamentalmente con España, en favor de los residentes ilegales de cada origen.

Tampoco hubo cambios en otro de los grandes temas que interesan a Uruguay: la posibilidad de que los socios flexibilicen su posición sobre la eventualidad de que se establezcan convenios comerciales bilaterales con terceros países. Brasil y Argentina han reiterado su negativa a que tal cosa ocurra, ampliamente publicitada cuando Uruguay tuvo a su alcance la posibilidad de concluir un tratado de libre comercio con Estados Unidos, criterio que mantienen.

En la menguada lista de progresos, sí cabe anotar el convenio que firmaron los países fundadores con Bolivia, Perú, Ecuador y Colombia a fin de que los naturales de todos ellos puedan ingresar a los respectivos territorios utilizando el documento de identidad local, sin la exigencia de un pasaporte.

Tampoco tuvo eco una propuesta uruguaya promovida por el presidente Tabaré Vázquez. En su reciente visita a México, el mandatario uruguayo propuso la integración de la nación azteca al Mercosur, iniciativa que fue ampliamente difundida por la prensa.

La iniciativa tendría sentido para Uruguay, en la medida que la integración de otro país con una gran economía ofrece perspectivas estimables para el comercio, pero por sobre todo el ingreso mexicano podría mejorar institucionalmente al Mercosur, al seguramente quebrar el bilateralismo argentino-brasileño que en los últimos años ha sido un notable factor de distorsión.

Ocurre que Brasil, empeñado ya desde hace decenios en ejercer el liderazgo continental, no ve con buenos ojos la posibilidad de que entre al Mercosur un jugador de la talla mexicana, que hoy tiene un Producto Bruto Interno de similar escala. Incluso se señala que la Unasur -en la que figuran solamente los países de la parte sur del continente- es una creación impulsada por Brasil para establecer un ámbito en el que el liderazgo económico del gigantesco vecino no sea disputado por nadie. La aceptación de México dentro del Mercosur sería por ende una posición resistida por Brasil y con pocas posibilidades de que se concrete.

Esta reseña de los resultados más salientes de la cumbre pone de manifiesto, una vez más, que el Mercosur sigue sin un destino claro que lo convierta en la herramienta para la cual fue creado, esto es, en un verdadero impulsor del desarrollo económico de los países de la región.