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El exitoso rescate de Betancourt
entrará en la mejor historia militar
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tamaņo |
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El rescate de grandes grupos de rehenes es una empresa militar de mucho riesgo, según lo demuestran episodios que van desde el legendario asalto del ejército israelí al aeropuerto de Entebbe, pasando por el sangriento episodio de la embajada de Japón en Lima. O también por la toma de un teatro moscovita por guerrilleros chechenos o el fracasado intento norteamericano de liberar a los diplomáticos retenidos en la embajada en Teherán. De allí que la acción que hoy celebra Colombia, antes de reflexionar sobre sus consecuencias políticas o mentar la tremenda peripecia humana de los rehenes, sea una operación que entrará en la historia militar.
Aún sin príncipes ni castillos a la vista, fue un final como de cuento de hadas: quince rehenes rescatados de una guerrilla sangrienta sin disparar un arma y sin siquiera heridos en ninguno de los bandos. Un desenlace inesperado para una historia dramática, que nadie sospechaba pudiera terminar sin bajas si se optaba por una opción bélica.
El logro colombiano adquiere su verdadera dimensión si se recuerdan los casos más sonados de rescate de rehenes en una operación militar: la embajada japonesa en Lima en abril de 1997 y el del teatro Duvrovka de Moscú en junio de 2001. En el primer caso se liberaron 70 rehenes de la guerrilla del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (Mrta), pero a costa de la muerte de los 14 guerrilleros, un rehén y dos comandos del ejército del Perú. En el segundo, murieron 118 de los casi 700 rehenes y los 50 guerrilleros chechenos.
En ambos casos fue decisivo el factor sorpresa. En Lima, el ejército pudo irrumpir por una red de túneles cavada por debajo de la embajada mientras los guerrilleros jugaban al fútbol de salón; en Moscú, las fuerzas militares usaron un gas que provocaba el sueño instantáneo y que también mató a muchos de los rehenes. Hasta la legendaria operación del Ejército israelí en el aeropuerto de Entebbe, Uganda, en julio de 1976, resultó en la muerte de dos rehenes, de un capitán del ejército de Israel, 13 terroristas y 33 soldados ugandeses.
Ni que hablar de la tentativa de liberar, en abril de 1980, a los 53 funcionarios secuestrados en la embajada de EE.UU. en Teherán, nueve meses después de la caída del Sha. En esa ocasión, el presidente Jimmy Carter suspendió el intento luego de que tres de los ocho helicópteros afectados a la misión tuvieron fallas mecánicas. Y en la retirada de las tropas murieron 8 militares norteamericanos, al chocar un transporte C130 con uno de los helicópteros que aún funcionaban. Los rehenes ni se enteraron del intento y el papelón militar fue una pesada carga sobre la popularidad de Carter. Las fuerzas norteamericanas perdieron en el desierto ocho hombres, un avión y siete helicópteros sin siquiera haber llegado a entrar en combate.
Vale entonces dedicar el primer comentario a lo que fue una operación militar brillante, en que los oficiales colombianos consiguieron infiltrar una de las más duras de las divisiones de la guerrilla colombiana, la que estaba a cargo de custodiar a los rehenes que se habían convertido en el mayor capital de las Farc: Ingrid Betancourt y los tres norteamericanos apresados tras la caída en la selva del avión que tripulaban, además de un grupo selecto de militares colombianos. Si las Farc todavía existían en los medios internacionales de comunicación era en especial por Ingrid Betancourt, la candidata presidencial caída hace seis años en poder de la guerrilla, en cuyos territorios entró confiada de que se le respetaría en razón de sus posiciones favorables a la izquierda. Tras seis años de cautiverio en la selva, su realidad era que los hombres de las Farc tenían estricta orden de matar a los rehenes en caso de intento de rescate. Y no podía dudarse, porque ya lo habían hecho con anterioridad.
Según las versiones disponibles, corroboradas por lo demás por las declaraciones de los liberados, agentes de las fuerzas armadas de Colombia, infiltradas en las jerarquías de la organización guerrillera, convencieron a los comandantes de las tropas encargadas de la custodia de los valiosos rehenes de la necesidad de trasladar los mismos a otro campamento, cerca del actual líder de las Farc, Alfonso Cano. Fue así que no hubo sospechas cuando bajó un helicóptero sin identificación en un claro de la selva, tripulado por varios presuntos combatientes de la Farc. Solo el jefe guerrillero debía acompañar el vuelo, por lo que los rehenes subieron al transporte sin otra compañía que los militares disfrazados y un único secuestrador, reducido ni bien comenzó el vuelo, en forma incruenta.
Fue entonces que los propios rehenes adquirieron conciencia de lo ocurrido, según el emocionante relato de Ingrid Betancourt ante las cámaras de televisión. La verdadera fuerza armada rebelde quedó en tierra, perfectamente ignorante de lo ocurrido.
En fin, una operación militar brillante, que conviene reconocer antes de intentar una reflexión sobre sus consecuencias para la política colombiana o rebuscar en los testimonios de una tremenda peripecia humana. Fue, además, una operación de inmensa audacia, sin dudas facilitada por una sorprendente incomunicación entre el comando de los custodias con el secretariado de la Farc.
Es evidente que, tras el combate en que cayó Raúl Reyes, los celulares satelitales -que habrían dado al Ejército la pista sobre la ubicación de la partida, en la frontera con Ecuador- ya no se utilizan para transmitir información entre los militantes y el secretariado.
Golpeadas por la muerte de Raúl Reyes; por el fallecimiento del jefe histórico, Manuel Marulanda; por el asesinato de otro integrante del secretariado a manos de sus propios soldados, que cobraron el premio ofrecido por el gobierno; los días aparecen como muy difíciles para las Farc, que se quedaron sin lo más preciado de sus monedas de cambio y sin trampolines hacia la prensa internacional. Sin embargo, es claramente prematuro augurar su definitivo derrumbe. La poderosa mano del narcotráfico sigue detrás de una vieja guerrilla que ya ha perdido cualquier ideal justiciero. |
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