Desempleo: un logro valioso
que es necesario salvaguardar

Nuestra opinión

 

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El Instituto Nacional de Estadística, que en la antevíspera había divulgado una noticia no tan buena sobre la evolución del índice de precios al consumo, dio cuenta ayer de un resultado que debe ser recibido con la mayor satisfacción: la cifras de mayo señalan el mayor abatimiento de la desocupación en 22 años. La hora invita a buscar los mejores caminos para preservar un logro que es de los que tiene más importancia para el bienestar de la sociedad.

Que el desempleo haya caído en Uruguay al 7,2%, registrando el menor valor en los últimos 22 años, es un acontecimiento a saludar sin restricciones. No cabe siquiera afinar el análisis tanto como para advertir que la mejora del mes de mayo obedeció más a la caída del número de demandantes de empleo que al aumento de los puestos de trabajo. Está muy bien que ese enfoque lo manejen los economistas. Pero para el uruguayo de a pie, el dato aparece como el más relevante reflejo de los buenos vientos que soplan para la economía uruguaya.

Y como el testimonio más claro de un crecimiento económico que no se agota en las grandes cifras, sino que comienza a volcarse sobre el grueso de la población.

Siempre se consideró que Uruguay tenía un desempleo "estructural" en el entorno del 7 u 8%, suerte de línea límite que se resistiría a ceder cualquiera fueran las circunstancias económicas. Al revés que en el deporte de la garrocha, la varilla se estableció en mayo lo más cerca del piso que haya estado nunca, y es de esperar que nuevos logros -estamos en víspera del arranque de algunos grandes proyectos, como Ence- puedan aún achicar el campo de lo que se ha considerado estructural e inmodificable. Aún advirtiendo que los criterios de medición han variado -antes se ponderaban los valores de un trimestre, ahora se dan resultados mensuales que son más susceptibles de registrar oscilaciones abruptas-, el nuevo dato tiene un importante valor. Incluso porque se da en un momento en que el impulso estacional no opera a favor del empleo, con factores como el turístico instalados en una fracción de su importancia en el período estival.

El empleo es el único camino legítimo hacia una efectiva disminución de la pobreza. Todo lo demás es meramente paliativo. Y lo es en situaciones límite, porque hasta puede resultar contraindicado cuando el mercado de empleos se abre con claridad. Es así que, en una sociedad en que los índices de pobreza todavía aparecen como muy importantes, la disminución del desempleo es una de las mejores noticias que pueden darse.

Lo que conviene destacar en circunstancias así es que el aumento de los niveles de ocupación no es un resultado automático de las circunstancias favorables a la colocación en el exterior de los productos nacionales. El aumento del empleo es siempre el resultado de una inversión privada. De la confianza de un empresario que invierte para abrir una nueva fuente de trabajo, ampliar su ámbito de actividad, aumentar su producción. De allí que, para que estos buenos guarismos de desempleo se sostengan, resulta imperativamente necesario que el Estado salvaguarde el ambiente de inversiones y el entorno económico de estabilidad que más favorece a las inversiones.

Y el tema no es solo el promover las grandes inversiones extranjeras. Más del 90% de las fuentes de trabajo en el país son el resultado de la acción de pequeñas y medianas empresas, que también tienen un potencial muy importante para estimular el empleo. Una fábrica de pastas que agrega un servicio de comidas con entregas a domicilio; un taller que se amplía; una panadería que comienza a distribuir productos envasados son todos componentes de una cadena de demanda de trabajadores que puede tener una importancia decisiva para el futuro del país. Y es en este terreno donde, por distintas circunstancias, las decisiones sobre inversión se están adoptando con pies de plomo.

Las autoridades económicas harían bien en prestar una especial atención a las necesidades de esas pequeñas empresas, responsables de la mayor parte de los puestos de trabajo. Estas empresas deben contar con un ambiente propicio, en especial en el plano laboral. Un sindicalismo convencido de que el patrón es el enemigo al que hay que despojar de los medios de producción no es precisamente un estímulo para la contratación de personal ni un aliciente para nuevas inversiones, lo que quizá esté explicando en alguna medida que el crecimiento económico -que ya comenzó en 2003- haya sido tardíamente seguido por una evolución favorable de las cifras de empleo.

Hay varios temas que también condicionan esta evolución. Los más importantes son, por un lado, las negociaciones salariales que comienzan. Por otro, las amenazas que parecen asomar en el terreno de la estabilidad monetaria. Es claro que los aumentos salariales, especialmente en una coyuntura de depreciación importante del dólar, son un factor que amenaza la competitividad de las empresas uruguayas y puede frustrar nuevos desarrollos favorables. La inflación -que ha comenzado a mostrar algún síntoma inquietante- conspira contra cualquier proyecto económico, y hasta desvía recursos aplicados a la producción para aplicarlos a operaciones financieras o compras especulativas. Motivo por el cual conviene vigilar muy cuidadosamente el plano fiscal y evitar que la indexación de los salarios pueda significar un factor distorsionante a mediano plazo. Por este camino, será posible volver a tener buenas noticias en un terreno que tanto interesa a la salud económica de los hogares.