La visita de Michelle Bachelet
y el ejemplo comercial chileno

Nuestra opinión

 

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Uruguay le ha dado su bienvenida a Michelle Bachelet, presidenta de una república hermana y conductora de una nueva etapa de crecimiento de la economía trasandina, la más exitosa de la región. En Uruguay cabe saludar su visita, pero resulta más conveniente el subrayar a la vez algunos de los factores del éxito chileno: continuidad de las políticas y una absoluta independencia de los temas comerciales y la ideología.

Visita Montevideo la presidenta de Chile, Michelle Bachelet. Es una fuerte personalidad política, hija de un militar que desempeñó altas responsabilidades en el gobierno de Salvador Allende y falleció en prisión durante el gobierno de facto de Augusto Pinochet. Perseguida ella misma, debió exiliarse para regresar a Chile en los últimos tramos de la dictadura y formar parte de las distintas organizaciones que se oponían al régimen.

Adquirió notoriedad pública al encabezar el ministerio de Salud Pública durante la administración de Ricardo Lagos, que luego le confió el ministerio de Defensa y la convirtió en la primera mujer en la historia de Chile -y una de las primeras en el mundo- en ejercer esa responsabilidad, que una larga tradición establecía como coto masculino. Convertida en 2005 en la candidata de la Concertación de Partidos por la Democracia -coalición que gobierna Chile desde la caída del régimen militar-, ganó las elecciones de ese año y se convirtió en marzo de 2006 en la primera mujer en instalarse en el despacho principal del Palacio de la Moneda.

Pero el verdadero reto no tenía que ver son su sexo. Porque suceder en la presidencia de Chile a Ricardo Lagos, uno de los gobernantes que lograron mayor aceptación de la opinión pública en la historia trasandina y más unanimidades aprobatorias en el ámbito internacional, resultó en un desafío riguroso que la mandataria visitante viene capeando, con estadísticas menos favorables que su antecesor, pero con un desempeño equilibrado en la mayoría de los grandes temas nacionales. Paradójicamente, el tema que ha tenido más peso en las valoraciones que la cuestionan ha sido municipal, relacionado con las dificultades para establecer un nuevo sistema de transporte público en Santiago, la capital. Bachelet, que también debió enfrentar en etapas tempranas de su administración una ola de protestas de los estudiantes universitarios, le ha dado a su gestión un enfoque especialmente social, reconociendo que los enormes progresos económicos que ha alcanzado Chile no han terminado de reflejarse en mejoras importantes en la distribución interna del ingreso.

La llegada de Michelle Bachelet a Montevideo, en visita oficial, invita a reconocer los añejos lazos de amistad que unen a nuestro país con la nación trasandina. Pero, por sobre todo, llama a una reflexión general sobre las conquistas chilenas en materia de apertura y crecimiento de la economía. En especial, importa subrayar el ejemplo chileno en materia de la independencia del esfuerzo comercial frente a cualquier condicionamiento ideológico. Con el gobierno en manos de una coalición de partidos cuyos principales sostenes son socialistas y democristianos -Bachelet es militante del Partido Socialista, al que también pertenece Lagos-, Chile supo darle continuidad a la política de apertura económica inaugurada durante la etapa dictatorial, en especial en lo que refiere a la apertura de sus mercados al comercio internacional con el consiguiente impacto que esa integración al mundo logró en materia de aumento de la productividad.

En lo que refiere a la independencia entre comercio e ideología, Chile ha sido un ejemplo estimable. Porque en las etapas en que la guerra fría se había hecho caliente en toda Latinoamérica, cuando los dos bloques de un mundo bipartido fogoneaban en la región tanto a las guerrillas como a los movimientos militares, fue evidente que los EE.UU. desempeñaron un papel tanto en el derrocamiento de Salvador Allende como en el posterior apoyo al gobierno de Pinochet. No obstante, la administración chilena se ha esforzado por mantener fuertes lazos comerciales con los EE.UU. llegando incluso a la suscripción del primer Tratado de Libre Comercio vigente con un país de América del Sur. Con brillantes resultados en materia de promoción del crecimiento económico y de las exportaciones. Con el consiguiente impacto favorable en los mercados de trabajo y en la diversificación de una cartera de productos de exportación ya definitivamente alejada de los tiempos en que el cobre se convertía en la casi única moneda de intercambio.

En 2007, las exportaciones chilenas alcanzaron los 65.700 millones de dólares. En el mismo período, Uruguay exportó bienes por 4.612 millones de la misma moneda, lo que da una muy elocuente medida de las diferencias: por cada uno de los 15 millones de chilenos hubo 4.380 dólares de exportación, mientras que por cada uno de los tres millones y medio de uruguayos se exportaron 1.317 dólares.

Desde la era Pinochet, y con formidable énfasis en los últimos tiempos, Chile ha suscrito acuerdos bilaterales de complementación económica y Tratados de Libre Comercio, afiliándose asimismo a todos los acuerdos comerciales multilaterales que estuvieron a su alcance. Tanto la apertura de la economía como estos acuerdos, son la fuente de una economía dinámica y un aumento muy poderoso de la producción y el comercio. Y el sustento de un empresariado dinámico, que aprovecha las oportunidades comerciales y multiplica la oferta de trabajo.

Un Tratado de Libre Comercio con Chile ofrece buenas perspectivas para una relación comercial sólida. En 2007, según los datos chilenos, Uruguay exportó con ese destino 119 millones de dólares y compró en Chile por 99 millones de la misma moneda, valores que aún admiten un importante crecimiento. No es, sin embargo -lo impiden las normas de origen incluidas en cualquier tratado de comercio bilateral- un trampolín para un ingreso privilegiado de la producción uruguaya a terceros mercados. Para eso, lo necesario es una apertura de mente y la convicción de que los temas ideológicos no deben frustrar de modo alguno las perspectivas de crecimiento que ofrece el comercio internacional.