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Juegos Olímpicos: la superación
del hombre en todas las pantallas
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tamaņo |
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En verdad, se trata del más grande de todos los “reality shows” de la Tierra, y su tema es la superación
del hombre, enfrentado a sus propias limitaciones. Los Juegos Olímpicos son un espectáculo seguramente más estimulante que muchos otros que ofrece la televisión cotidiana, y ya se disfrutan desde ayer en todo un Uruguay que acompañará con entusiasmo el esfuerzo del puñado de compatriotas y el despliegue deportivo de atletas de todo el mundo. Empieza el mayor espectáculo del año y conviene no perderlo.
Una ceremonia espectacular, con tramos en que una multitudinaria coreografía se combinaba con prodigios de la técnica para generar un inédito despliegue de formas y colores, señaló ante miles de millones de espectadores en todo el mundo la apertura de los vigésimo novenos Juegos Olímpicos de la era moderna, que comenzaron a disputarse en Beijing. Un acontecimiento sobre el que conviene desgranar algunas reflexiones, en la medida que responde a una tradición milenaria, refiere a la superación del hombre y es una ocasión para la paz.
Además, los Juegos convocan a más países que las mismas Naciones Unidas y desnudan, quizá como ningún otro acontecimiento, las esencias de esa “aldea global” de la que hablaba Marshall McLuhan a influjos de la expansión de los medios. Se dice que la ceremonia de esta mañana llegó a entre 3.800 y 4.200 millones de telespectadores.
Los Juegos Olímpicos -el término Olimpíada en realidad alude al período de cuatro años entre dos juegos- tienen una historia que arranca en la Grecia clásica, con testimonios que remontan a los primeros juegos panhelénicos del año 776 aC. Durante los Juegos, que se realizaban cada cuatro años en la ciudad de Olimpia, se dejaban de lado los conflictos bélicos y las distintas ciudades y regiones griegas participaban con sus mejores atletas. El triunfo en una prueba olímpica aseguraba la fama del vencedor, reverenciado luego en toda Grecia, distinguido con una corona de olivos y objeto del afán de los escultores por inmortalizar su atlético físico, ampliamente exhibido en pruebas en que se competía sin demasiada vestimenta. Los juegos antiguos terminaron a fines del siglo IV después de Cristo, en una Grecia bajo dominación romana. El origen helénico de la manifestación deportiva se sigue reconociendo hoy, al reservarse a los atletas griegos el primer lugar en el desfile inaugural de las delegaciones.
Lo Juegos actuales nacieron al impulso de un deportista y aristócrata francés, Pierre Frédy, barón de Coubertin, que tuvo éxito en la empresa de fundar un Comité Olímpico Internacional y convocar en Atenas los primeros juegos de la era moderna, realizados en 1896. Posteriormente, y con los hiatos que resultaron las dos guerras mundiales, los Juegos Olímpicos se han establecido con firmeza en el calendario universal y son seguidos urbi et orbi tanto por los aficionados al deporte como por comunes ciudadanos que muy pocas veces se asomaron a una manifestación de ese tipo. Un enfoque actual, separado de todo antecedente, mostraría sobre todo un gigantesco acontecimiento mediático que llega a todos los rincones del planeta y es ávidamente seguido por gente de todas las nacionalidades, razas e idiomas. Un espectáculo universal con el que apenas compite el campeonato mundial de fútbol, deporte que es también olímpico pero no tiene en todos los países un arraigo decisivo.
La antigua tradición olímpica habla de paz. No solo porque se interrumpían la acciones bélicas durante toda la duración de los Juegos, sino también por el relacionamiento humano que promovía la competencia deportiva entre gente llegada desde distintas regiones. Sin embargo, los juegos modernos no han estado al margen de los conflictos humanos. En primer lugar, han sido un poderoso medio para la propaganda. Uno de los grandes ejemplos fueron los Juegos de 1936, en que la Alemania nazi intentó presentar ante el mundo su rostro más amable -virtuosamente filmado por Leni Rifensthal- y la superioridad de la raza aria, propósito que en algún caso muy notorio resultó frustrado, como cuando tuvo lugar el triunfo de Jesse Owens, un moreno norteamericano, en los 100 metros llanos.
Durante la Guerra Fría el medallero olímpico adquirió también un notable valor como instrumento de propaganda. Se pretendía demostrar que los triunfos olímpicos daban el testimonio de las bondades de un régimen, y particularmente en los países del socialismo real se atribuyó una importancia preponderante a la formación de atletas. Así estados desaparecidos como la Unión Soviética y la República Democrática Alemana ocuparon lugares de preeminencia en el medallero, algo que en América Latina también ocurre con Cuba y sus atletas, cuando no aprovechan una competencia internacional para cambiar de residencia.
Peor aún, el terrorismo también buscó darle una repercusión olímpica a sus acciones, tema que ha complicado la organización de los Juegos. La irrupción terrorista enlutó los juegos de Munich en 1972, cuando una organización de refugiados palestinos en Jordania, llamada “Setiembre Negro”, secuestró y mató a varios atletas de la delegación israelí. Posteriormente, hubo un episodio muy menor en los Juegos de Los Ángeles. Otros modos de intromisión de los conflictos internacionales han sido los boicots, cuya historia es mucho más larga. Incluso con relación a Beijing se planteó la posibilidad de que algunas naciones se solidarizaran con la situación en Tíbet a través de su ausencia.
Los uruguayos somos desde ayer testigos de los juegos de Beijing. Cercanos testigos, gracias a las modernas técnicas de comunicación. El despliegue de recursos apunta a ser enorme, con un gran país que quiere mostrarse al mundo en una posición de liderazgo. Con moderada esperanza, los espectadores uruguayos estaremos pendientes de los compatriotas que compiten. Y el lema olímpico -Altus, Citius, Fortius- (más alto, más rápido, más fuerte) será seguramente bien servido a lo largo de tres semanas en las que el mundo estará algo menos pendiente de los dolores del hombre y más interesado por las proezas de su superación. |
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