Georgia quería entrar a la Otan;
Rusia le hizo saber su disgusto

Nuestra opinión

 

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Los Juegos Olímpicos tienen que ver con la paz entre los hombres. Y su inauguración no parece ser la mejor oportunidad para desatar una operación bélica que también significó el bombardeo de poblaciones civiles. Sin embargo, resultó así y conviene asomarse al trasfondo étnico y político de un conflicto que persistirá, pese al cese del fuego y la renuncia al uso de la fuerza que el presidente francés, actuando como líder de la Unión Europea, les arrancó a las partes en pugna.

No parece probable que la proximidad de los Juegos Olímpicos se haya aprovechado para distraer la atención mundial sobre una operación militar sangrienta. Pero lo cierto es que, con los ojos del mundo en gran medida pendientes de las hazañas atléticas, el desborde bélico de los últimos días en la República de Georgia ha merecido menos atención periodística que la que se le hubiera otorgado en otras circunstancias. Es así que el demoledor avance de los tanques rusos por el comparativamente pequeño Estado en las estribaciones montañosas del Cáucaso -en el linde de Europa con Asia- no se ha reflejado en las portadas de la prensa gráfica ni en el principio de los informativos de televisión, con la misma intensidad que en otro momento.

No obstante, se trata de un suceso al que conviene prestarle atención redoblada, por lo que implica en cuanto a la actitud de los rusos -que actuaron erigiéndose en árbitros y gendarmes de la región- y por tratarse de un territorio con vocación europea y lazos en principio estrechos con los Estados Unidos.

En el trasfondo del conflicto hay tanto causas étnicas como políticas. Al igual que en los Balcanes, en esta región del Cáucaso conviven distintas nacionalidades, cuya rivalidad se desató luego de la caída de la Unión Soviética y la declaración de independencia de Georgia. Se han realizado varias denuncias por “limpieza étnica” y en los primeros años se concretaron varias migraciones de minorías desplazadas, mientras que en dos provincias la autoridad central era cuestionada por gobiernos con vocación autonomista.

En el plano político, Georgia, al igual que Ucrania, planteó su propósito de adherir a la Otan, favorablemente acogido en la reunión que el pacto militar desarrolló este año en Bucarest. No se fijó fecha para el momento en que se concretaría el ingreso, pero el hecho fue vivido como una amenaza por Rusia, que desea mantener una situación de predominio sobre los estados nacidos del desmembramiento soviético. En ese sentido, la operación en Georgia puede también ser vista como una ejemplar advertencia para otros vecinos con acentuada vocación independiente.

Tras los escarceos de Georgia con la Otan, los observadores advirtieron que Rusia estrechaba sus lazos con las provincias rebeldes, ofreciéndoles un mejor sustento material y bélico. Que ahora queda claramente en evidencia ante los episodios de los últimos días.

Mientras la frialdad de los ojos celestes de Vladimir Putin, el poderoso primer ministro ruso, seguía el desarrollo de la brillante jornada inaugural de los juegos de la 29ª Olimpíada, sus fuerzas militares iniciaron una triunfante irrupción en territorio georgiano. Aprovechando una astronómica ventaja en cuanto a recursos bélicos, pudieron barrer a las fuerzas locales y prácticamente partir al medio el territorio de Georgia.

La causa ocasional del ataque fue la previa intervención, también armada, de las fuerzas georgianas en la provincia de Osetia del Sur, en que la mayoría de la población es étnicamente rusa y un gobierno autonomista desafiaba a las autoridades de la capital, Tiflis. Una situación que también se repetía en otra parte del territorio georgiano, la provincia de Abjasia, costera del Mar Negro, y en la que también se registraron hostilidades, así como la participación de tropas provenientes de Abjasia en las operaciones bélicas en Osetia y en otros enclaves del territorio georgiano.

En las últimas horas, el esfuerzo personal de Nicolas Sarkozy, hoy también en la presidencia de la Unión Europea, logró que el presidente de Rusia, Dimitri Medvedev, y el mandatario de Georgia, Mijaíl Saakashvili, aceptaran un acuerdo de seis puntos que supone el cese de las hostilidades y el retorno de las fuerzas a sus lugares de acantonamiento previos a las hostilidades.

El acuerdo también facilita el apoyo humanitario e impone a las partes la renuncia al uso de la fuerza. No obstante, algunos observadores han denunciado varios enfrentamientos que aún persisten.

Georgia dio a la antigua Unión Soviética algunas notables personalidades, la más importante de las cuales fue José Dzhugashvili, mejor conocido como José Stalin, el dirigente que condujo con mano de acero los destinos de la URSS tras la muerte de Lenin y durante la Segunda Guerra Mundial. Y también el hombre que firmó el pacto con Hitler en las primeras etapas del conflicto, así como un dictador sangriento, al que se atribuye el desplazamiento de los disidentes a Siberia, miles de asesinatos políticos y la instauración de los gulags.

También es georgiano Edward Shevardnadze, uno de los grandes operadores de la apertura soviética y el líder georgiano que estableció estrechos lazos entre su país y los EEUU. Hoy es la grandeza de Rusia y su afán de liderazgo regional los que cercan a una Georgia con ánimo de acercarse a Europa, lejos ya de las épocas en que participaba de una ya disuelta comunidad ideológica.